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CONSEJO ESTATAL PARA LA PREVENCIÓN Y ATENCIÓN DE LA VIOLENCIA INTRAFAMILIAR
9 de julio de 2009

No somos violentos, ejercemos
conductas violentas

“Por lo general, en una relación de violencia hay alguien que ejerce el poder y hay alguien que no tiene ese poder. Este poder no necesariamente tiene que ser físico, puede ser económico, puede ser social, cultural. También puede ser un poder psicológico: cuando alguien tiene la facultad de influir en el otro para que este haga lo que no desea, lo que no necesita”, explica Angélica Cardona Gómez, asesora en Violencia Intrafamiliar para el Consejo Estatal para la Prevención y Atención de la Violencia Intrafamiliar (CEPAVI).

La Psicóloga, Maestra en Terapia Gestalt afirma que no somos personas violentas, ejercemos conductas violentas. “No necesariamente somos violentos, existen conductas violentas que naturalizamos porque pensamos que “está bien”, “que no tiene nada de malo”, “que es para educar”, “que no es gran cosa”, “que son costumbres”. Empezamos a ver entonces, que la violencia no sólo son golpes. La violencia son cosas que hago y que dejo de hacer que lastiman la integridad de otro.

“Por ejemplo un acto violento muy común es darle una nalgada a un niño o niña. Decimos que es para educar, sin embargo existen muchas estratégicas para educar evitando las nalgadas”, asegura.

Expertos afirman que las nalgadas ejercidas hacia los infantes para corregir o castigar, no son adecuadas ni necesarias para el desarrollo emocional y la formación del menor. Y refieren que después de una nalgada propinada las siguientes no buscan ejercer un correctivo, sino saciar la rabia personal del agresor y de esta forma lastimar la integridad del niño.

“Todavía hay muchos médicos que dicen que una nalgada a tiempo es mejor, cuando estamos muy claros que los golpes no educan. Los golpes lo que hacen es lastimar a la persona para que actué con miedo y ya no quiera recibir otro golpe”, subraya.
La naturalización de la violencia, como explica Angélica, sucede desde el nivel macro, que es parte de la violencia estructural. Esto es, el hecho por ejemplo, de usar constantemente el claxon cuando vamos conduciendo un automóvil, a sabiendas que no logramos con ello hacer que los autos avancen y en cambio, sí contaminamos auditivamente el ambiente sólo por desahogar nuestra desesperación y ansiedad individual.
Por su parte, en el nivel micro, la naturalización comienza en la familia; por ejemplo, cuando existe un desorden en la estructura de jerarquías y límites en la familia.
“Si cada uno sabemos en una familia, cuál es nuestra jerarquía y cuál es el límite de cada quien, va a ser mejor. Cuando la situación de la pareja no es la más adecuada, muchas veces la mamá tiende a recargarse en el hijo, y el hijo empieza a desempeñar el papel de papá, cuando él no es papá, y no significa que los hijos no deben apoyar, pero se les dan atribuciones que no les tocan”, señala.
“Por ejemplo, a la hermana: sírvele a tu hermano porque viene cansado de trabajar. Y al hermano: cuida a tus hermanas, acompáñalas, regáñalas, tú te quedas al cargo de la casa. Entonces al padre, en este ejemplo, se le deja afuera de su lugar. El hijo ya no tiene ese rol de hijo y esto va a desequilibrar la estructura de jerarquías y a generar conflictos tanto individuales como familiares”, recalca.
Con más de 8 años de experiencia brindando consulta psicológica y participando activamente en la capacitación de servidores públicos, Angélica opina que no solemos reflexionar sobre qué necesitan los demás y qué tanto llevamos a cabo prácticas que obstruyen la libertad y la voluntad del otro.
De ahí la importancia de desarrollar en familia prácticas que propicien el buentrato y la adecuada comunicación: el respeto y el diálogo con la pareja, la calidez y el autocontrol, pues con manifestaciones de enojo o ira, es difícil generar y compartir mensajes que contribuyen a la solución del problema. En el caso de los hijos, escuchar y atender sus necesidades sin infringirles miedo, ya que sin éste será más sencillo para ellos entender y seguir nuestras recomendaciones.
“Si yo empiezo a pensar qué necesita el otro va a ser más fácil y este es el principio de la empatía. Pero a veces no me pongo a pensar en qué necesita el otro, es más, mi inteligencia emocional no me alcanza para pensar qué necesito yo”, puntualiza.